lunes, 1 de octubre de 2018

BÉSAME





Bésame como si el mundo se fuera a acabar, como si fuera tu última oportunidad, como si fuera mi último día, como si fuera tu ultimo día. Bésame con pasión y sin miedo. Bésame como en tus sueños. Bésame en la oscuridad, en secreto, donde nadie nos pueda ver, donde todo el mundo nos vea. Bésame como si no existieran los obstáculos que nos separan. Bésame sin parar un segundo, como si mi lengua fuera una serpiente venenosa y un beso fuera la única manera de conseguir el antídoto. Bésame con electricidad, con euforia, sin importa que te puedas quemar con las llamas que arden dentro mí boca. Por favor, bésame, aunque sea una vez…
 Bésame con la fuerza de un huracán al que no le importa nada. Bésame, aunque sea prohibido, sin importar lo que pueda decir la gente, sin pensarlo mucho. Bésame como si mis labios rojos fueran una bomba de sensualidad, pasión y deseo a punto de explotar. Bésame con la rabia y el dolor fulminante de no poder estar juntos. Bésame como si mi boca fuera un pecado, la fruta prohibida. Bésame como si fueras a calmar tu sed después de pasar un día entero en el desierto. Te lo pido, bésame, aunque sea una vez…
 Bésame como en mis sueños, transmitiéndome todo lo que sientes por mí, como si me amaras tanto como yo te amo a ti. Bésame sin celos, sin dependencia, sin posesión, sin nervios, sin prejuicios. Bésame como si yo fuera la única mujer que has amado en tu vida. Bésame cuando salga el sol y cuando se oculte. Bésame en mis días grises y rojos. Te lo imploro, bésame, aunque sea una vez…
 Bésame con química, con alquimia, con arte, con fuerza magnética. Bésame con magia, volando a las estrellas.  Bésame como si fuera una Diosa, como en tu fantasía más oculta. Bésame como si fueras un dragón, y tu lengua el fuego que entra dentro de mí quemándome sin compasión. Bésame como si fueras libre, sin reglas, sin leyes. Bésame mirándome a los ojos, penetrando mi alma. Bésame como si fueras a romper el hechizo que nos separa. Bésame con la fuerza de las Cataratas del Niagara. Te lo suplico, bésame, aunque sea una vez…
 Bésame como la sangre que bombea el corazón. Bésame con música, como si fuera la melodía más hermosa. Bésame cómo si mi boca fuera la única luz en la oscuridad. Bésame bajo la lluvia. Bésame con agresividad, como si fueras un animal salvaje, cazador, peligroso, y mi boca su presa preferida. Bésame como si tus dientes fueran cañones de guerra. Acaba con esta agonía, bésame, aunque sea una vez…

CON PASIÓN Y SIN MIEDO: Cuando el amor verdadero necesita una prueba, no hay un después. Es ahora. No hay tiempo que perder. La vida se acaba en un segundo. Nada malo puede pasar si besas a la persona que amas. Solo hazlo, bésala, aunque sea una vez.

sábado, 15 de septiembre de 2018

¿SERÁ QUÉ HAY ALGO MALO EN MÍ?








“¿Será que hay algo malo en mí?”, le pregunté a mis padres en aquella fría sala de espera. Exactamente dos semanas antes había tenido uno de los días más duros y difíciles de mi vida. Era una niña, cursaba segundo grado de primaria. Cada vez que era mi turno de leer en voz alta, me levantaba del pupitre avergonzada, con el corazón a punto de explotar. Comenzaba a leer tartamudeando, confundiendo letras y palabras. Mis compañeros se reían de mí, podía escuchar claramente el murmullo de varios de ellos: “Eliana es una burra”. Quería morirme, desaparecer del salón de clases. Sin embargo, siempre lograba retener mis lágrimas hasta el final. Mi maestra, al notar que me estaba costando trabajo leer y escribir correctamente, mucho más trabajo que al resto de mis compañeros, decidió citar, con carácter de urgencia, a mis padres. “¿Será que hay algo malo en mí?”, me pregunté a mí misma por primera vez.

“Señor y señora Habalian, estoy muy preocupada por su hija.  Creo que tiene disfunción cerebral”, les dijo la maestra. “¿Cómo se atreve a decir eso de mi hija?”, preguntó mi madre molesta. Cuando llegué a casa esa tarde, me encerré en mi cuarto hasta el siguiente día. “Pero si yo no soy una burra, ¿por qué no puedo leer y escribir como el resto de mis compañeros? ¿Será que hay algo malo en mí?”, me pregunté frente al espejo.

“Su hija no tiene nada de eso que dijo esa maestra. Es una niña muy inteligente. Sugiero que la cambien de colegio”, les dijo el psicopedagogo infantil a mis padres cuando terminó la evaluación que determinaría si tenía o no disfunción cerebral.

Meses después por fin aprendí a leer y escribir correctamente, aunque en ocasiones seguía invirtiendo algunas letras y palabras. Cuando terminé la primaria, mis padres, al ver que nunca pude adaptarme, decidieron cambiarme de colegio.

Estaba tan contenta camino a mi nuevo colegio. Era el primer día de clases del primer año de la secundaria. Era un colegio enorme, mixto y de monjas. Mi adolescencia apenas comenzaba. Cada rincón de él estaba impregnado con las hormonas de cientos de adolescentes eufóricos por vivir nuevas aventuras cada día.

“¿Será que hay algo malo en mí?”, volví a preguntarme al sentir el rechazo de algunas de mis compañeras de clases. “Te envidian porque casi todos los chicos del salón están enamorados de ti. Es que eres muy bonita, apasionada y atractiva”, me dijo mi única amiga al verme tan triste esa mañana. “Pero yo no tengo la culpa de eso”, le contesté con una gran decepción.

Fue en mi adolescencia cuando comencé a sentir una energía sensual dentro de mí, una parte muy importante y especial de mi esencia, pero en ese momento pensé que era algo malo. “Sí, puede ser que exista algo malo en mí”, dije respondiendo la pregunta que siempre me hacía. Trataba de ocultarlo para no sentirme rechazada dentro del colegio, y fuera de él, para no decepcionar a la cultura árabe represiva que me rodeaba (incluyendo a algunos miembros de mi familia que me hacían sentir que todo lo que hacía estaba mal). En ese momento desconocía que la sensualidad era una energía imposible de ocultar.

Aquel día horrible, humillante y oscuro, al salir del colegio, un chico que nunca había visto, pues no asistía a mi colegio, vino corriendo hacía mí y golpeó fuertemente mi estómago, dejándome sin aire. Caí desmayada sobre aquel rugoso piso de concreto. Mi madre, que estaba esperándome frente a la entrada de la escuela, corrió hacia mí. “¡¡¡Auxilio!!! ¡¡¡Auxilio!!! ¿Cómo alguien fue capaz de hacerle esto a mi hija?”, gritó como nunca. Escuché aquellos desesperados gritos en el momento que comencé a recobrar mis sentidos. Cuando abrí los ojos, personas murmurando entre ellas me rodeaban. Algunas de las chicas riéndose de mí, sintiendo placer por lo que me había ocurrido. “¡Mami! Sácame de aquí. Llévame a casa”, supliqué.

Nunca me había sentido tan humillada e indignada. Me sentía tan avergonzada que no pude ver a nadie a los ojos durante varias semanas. Tenía miedo de ir al colegio. Mis padres estaban decididos a averiguar quién era ese chico y por qué me había golpeado. “¿Será que hay algo malo en mí?”, me preguntaba una y otra vez.

A los pocos días supimos que había sido un conocido de una de mis compañeras. Ella le había pedido que me golpeara porque su novio, a quien yo solo conocía de vista, al terminar su relación con ella, le confesó que estaba enamorado de mí, y que su deseo era quedar libre para poder conquistarme.

Fue en ese momento cuando mis padres tomaron la decisión de cambiarme nuevamente de colegio, a uno únicamente para mujeres, el mejor colegio del mundo: “Los Arrayanes”. El que me abrió sus puertas con amor y comprensión, el que me valoró como mujer, brindándome la oportunidad de poder ser yo misma sin sentirme juzgada.

Poco tiempo después, una mañana, en la oficina de un oftalmólogo, mientras me hacían un chequeo rutinario de la visión, me enteré de algo que aquel psicopedagogo infantil años atrás no logró diagnosticar. “Eliana, ¿Sabías que eres disléxica?”, me preguntó en el momento que terminé de leer las letras que estaban frente a mí. Había escuchado esa palabra antes, pero no estaba muy clara de su concepto. “¡Claro! ¡Soy disléxica! Ya entiendo”, dije con una risa incontrolable cuando terminó de explicar detalladamente en qué consistía. Muchas cosas tuvieron sentido ese día.

Al fin supe por qué me había costado tanto aprender a leer y escribir. Por fin supe por qué confundía e invertía las letras, porque era disléxica.

Durante mucho tiempo esa fue una de las excusas que me impuse a mí misma para posponer mi sueño de ser escritora. Pero un día mágico, decidí hacerlo realidad. Luché, luché y luché hasta conseguirlo.

Gracias a todos los que me ayudaron a darme cuenta de que no había nada de malo en mí. Simplemente era yo luchando por ser yo misma.

Con pasión y sin miedo: era, soy y siempre seré exactamente como el amor de Dios me creó: imperfectamente perfecta. Amo cada parte de mí. Amo mi dislexia porque ella me enseñó que no existen excusas, que puedes vencer cualquier obstáculo para hacer los sueños realidad. Amo, amo, amo mi sensualidad, esa natural y hermosa parte de mi esencia, mi más poderosa energía, porque ella soy yo, y yo soy ella, juntas hacemos lo que más amamos: escribir con pasión y sin miedo.

Nota importante para todos los padres: a veces un cambio de colegio es necesario.

domingo, 12 de agosto de 2018

EL DÍA QUE APRENDÍ A VOLAR




NOTA IMPORTANTE: El siguiente artículo es un relato de mi adolescencia. Lo escribí con un toque de imaginación.

“Vuela, Eliana, vuela”, me dijo Kathy uno de los días más especiales e importantes de mi vida. Ella nunca pudo caminar. Nunca supe por qué. No le gustaba hablar sobre ese tema. A sus padres tampoco. Yo nunca le pregunté porque sabía que prefería no responder esa pregunta. Imaginaba que era algún problema de nacimiento. La recuerdo siempre en su silla de ruedas o acostada en su cama. “Eliana, tú eres mi única verdadera amiga”, susurró aquella tarde triste, nublada y nostálgica. Ambas sentíamos un vacío en nuestro interior. Todavía recuerdo perfectamente la melodía de su voz, a pesar de los años.

Kathy era mi vecina y mi amiga. Éramos dos mujeres adolescentes, luchando contra muchos obstáculos y dificultades. Ella en su silla de ruedas, y yo rodeada de una cultura árabe represiva. Vivía detrás de mi casa, en la urbanización Colinas de Los Ruices, en mi adorada Caracas. En ese lugar tan especial pasé casi toda mi adolescencia. Allí tuve mi primer novio, allí vi a mi esposo por primera vez, y allí conocí la verdadera amistad con Kathy.

Todos los días, alrededor de las cinco de la tarde, cuando ya había terminado de hacer mis tareas, trepaba el muro del patio trasero de mi casa, bajaba la colina corriendo, atravesaba todo el jardín, hasta llegar a su cuarto. “Kathy, ¿qué quieres hacer hoy?”, preguntaba mientras acariciaba su cabello y besaba su mejilla. “Lo mismo de todos los días. Leer un cuento, soñar, volar y correr”, siempre respondía. Ustedes se preguntarán: “¿cómo corre alguien que no puede caminar?”. Pues… Kathy corría. Corríamos y volábamos juntas.

En su cuarto, leíamos cuentos y soñábamos despiertas con los personajes. Con Kathy fue la primera vez que soñé con ser escritora. “Quiero ser escritora”, dije hacia mis adentros. Nunca repetí esas palabras en voz alta, hasta después de muchos años.

El día que aprendí a volar lo llevo grabado en mi corazón. Cada instante de ese momento. Cada palabra está escrita en mi sangre. No fue nada fácil. Me tomó tiempo lograrlo. Todos los días lo intentaba. “Vas bien, Eli. Pronto lo lograrás”, me decía. “Kathy, volar es muy difícil. No sé cómo puedes. Tienes que decirme cuál es tu secreto”, le decía cada vez que fracasaba en el intento. “Tu mente, alma y corazón encontrarán el secreto. Si te lo digo nunca será igual. Cierra los ojos”. Los días pasaban y pasaban, yo cerraba los ojos y no lo lograba. “Quiero volar", repetía una y mil veces dentro de mí.

Un día, frustrada de tanto intentar, al ver a Kathy cerrar sus ojos, le pedí que tratara de describir con palabras cómo se sentía estar allá arriba, en el cielo, con los pájaros, las nubes… “Es algo indescriptible. No existen palabras que puedan explicarlo”, dijo sonriente. “¿Puedes tratar? Porfis”, supliqué. “Bueno. ¿Cómo te explico? Sientes todo el poder de Dios recorriendo tus venas”, terminó diciendo justo antes de emprender su vuelo. Nunca podré olvidar esas hermosas palabras. Ese día, había corrido sobre las nubes como nunca. Era la parte que más le gustaba de volar: correr por las nubes.

El día preciso, el momento correcto, cuando estaba lista, aprendí, por fin, a volar. Cerré los ojos como de costumbre, pero ocurrió algo diferente. Pude ver con total claridad, con los ojos cerrados, una parte de mi cuerpo que nunca había visto, y no sabía que tenía: mis alas. Pude ver mis alas. Eran hermosas, perfectas, lo más bello que había visto en mi vida. Eran alas invisibles, pero tan reales como cualquier otra parte del cuerpo. “Kathy, tengo alas. Las puedo ver”, le dije al abrirlas por primera vez. “Vuela, Eliana, vuela”.

Ese día volé alto, tan alto que recorrí toda nuestra galaxia, los planetas y sus lunas. Volé por las estrellas, hasta llegar a mi favorita, la estrella que nos llena de vida: el Sol.

Dios nos creó con alas. Todos nacemos con ellas y son invisibles por una razón, para que aprendas a volar. Para que aprendas a usar una de las cosas que más ayuda a la evolución de la humanidad: la imaginación.

En mi caso fue difícil aprender a volar. No había podido ver mis alas porque me las habían cortado, varias personas, durante mi camino, pedacito por pedacito. Pero volvieron a crecer y ese día, por fin las pude ver. Nuestras alas se regeneran, nunca, nunca, nunca dejan de crecer. Crecen incluso después de la muerte.

Después de ese día, muchas personas cortaron mis alas de nuevo, pero siempre volvían a crecer, hasta que logré la fuerza necesaria, y las amé tanto que nunca más permití que nada ni nadie volviera a cortarlas.

Con el paso del tiempo, el destino nos separó. Kathy y yo tuvimos que recorrer caminos diferentes; volar, correr, caer, levantarnos y continuar luchando.

Gracias, querida amiga, por ayudarme a ver mis alas. Gracias, por mostrarme la amistad verdadera. Gracias, por enseñarme que aun siendo inválida se puede correr. Donde quieras que estés, sé que mi alma te visita de vez en cuando, pues siempre estás en mi corazón. ¡Que Dios te bendiga! ¡Qué suerte haberte conocido!

CON PASIÓN Y SIN MIEDO: Nunca es tarde para aprender a volar. No dejes que nadie corte tus alas. Pero si en algún momento, alguien logra cortarlas, sé paciente, con el tiempo volverán a crecer, y eso te dará la fuerza para protegerlas. Vuela, vuela, vuela alto.

“Eliana, ahora te toca a ti describir que sientes al volar”, me dijo Kathy en uno de mis sueños. “Siento como si Dios me mirara directamente a los ojos y me transmitiera todo su amor”.

martes, 3 de julio de 2018

BESAR TU MANO DE RODILLAS






¡Amo estar enamorada! Es el sentimiento más maravilloso que existe. Todo lo que mi cuerpo siente: maripositas revoloteando, una corriente eléctrica recorriendo mis venas, un calor envolviendo mi ser, mi corazón palpitando de felicidad, mi cuerpo estremecido, mi sangre sintiendo una pasión indomable. Mi sensualidad a flor de piel; totalmente liberada. Mis ojos, mi sonrisa, su sonrisa y mis días brillando. Mi inspiración multiplicada por el infinito. Hacer el amor dentro del mar, bajo la luna y las estrellas. El universo celebrando nuestro amor. Sus labios besándome con frenesí, el sabor de sus besos, su peligrosa lengua dentro de mi boca, como una serpiente inyectando su veneno. Las llamas hirviendo entre mis piernas al sentir sus caricias. Sus manos apretando la curva de mi cintura. Su mirada penetrante expresando su deseo incontrolable de hacerme el amor. La energía mágica que brota de cada uno de mis poros. Su expresión salvaje al mirar mi cuerpo desnudo. Escuchar su voz suave, susurrándome al oído “te amo” cuando está a punto de alcanzar el milagro…

¡Amo el amor verdadero! Las almas comunicándose entre ellas sin necesidad de hablar, sintiendo sensaciones difíciles de explicar. Una bomba de amor explotando en cámara lenta dentro de dos cuerpos al mismo tiempo. Un amor que no sabe de angustias, celos, dependencia, posesión. Un amor que llena de ilusión la vida, a pesar de los problemas. Un amor que ilumina los lugares oscuros, siendo a veces la única luz en total oscuridad, y es tan fuerte, tan poderosa que te obliga a seguirla. Un amor que hace que siempre quieras continuar. Un amor que todos podemos y merecemos tener, si escuchamos a nuestros corazones.



¡Amo ser una mujer sensual! Porque volvemos loco al hombre que nos ama. Porque tú, mujer, eres lo más importante para él. Porque nuestra sensualidad es natural, es un sentimiento, y expresarlo se siente maravillosamente. Los sentimientos existen para expresarlos. Yo expreso mi sensualidad y amor escribiendo. Me encanta escribir cartas de amor apasionadas y firmarlas con pintura de labios color rojo pasión. Nosotras las mujeres somos increíbles. Poseemos poderes mágicos. Nuestra fuerza interior es capaz de lograr cualquier cosa. No tiene nada de malo expresar tu sensualidad, pues con ella fuimos creadas, es auténtica, es una energía que todas poseemos dentro. Ella siempre te pedirá que la liberes, porque forma parte de tu esencia. No tiene nada de malo disfrutar haciendo el amor. No tiene nada de malo tener orgasmos (los merecemos). La sensualidad es tan mágica que hace que el hombre que amas (te ame, te desee y te respete tanto al mismo tiempo) quiera besar tu mano de rodillas.



Conclusión: cada mujer debería pensar todos los días en lo que ella representa para el hombre que la ama. Es como si fueras agua en el desierto. Un hombre enamorado es… bueno, demasiado.

CON PASIÓN Y SIN MIEDO: Cuando realmente amas, el mundo material deja de ser importante, te expresas espiritualmente, estás más consciente de tu alma. Así es como sabes que es un AMOR VERDADERO. ¡Mujer sensual! Deja salir tu sensualidad natural, no la reprimas porque en algún momento explotará dentro de ti, romperá las cadenas y se liberará, quieras o no. ¡Exprésate! ¡Atrévete! ¡Diviértete! Píntate los labios de rojo pasión, libera tus fantasías y deja volar tu imaginación con el hombre que amas.


martes, 1 de mayo de 2018

MI INGREDIENTE MÁGICO



¡ADVERTENCIA! El uso excesivo de “Mi ingrediente mágico” podría provocar una sobredosis de amor y pasión.

Esa noche había soñado lo mismo; con mi cita perfecta, mágica, espectacular. Todo lo que me hace estremecer, en una sola noche. El mar es el escenario principal. El sonido del ir y venir de las olas es esencial. Siempre comienza un poco antes del atardecer. El hombre de mi sueño y yo con muy poca ropa, descalzos, acostados en la arena, preparando la fogata que está a punto de encenderse, y con ella nuestros cuerpos. A mi cita perfecta además del mar, el fuego, la arena, el atardecer, el ir y venir de las olas, le gusta combinar mi vino preferido: mi Pinot Grigio, con frutas exóticas y afrodisíacos; esos que aumentan el deseo al infinito; los camarones y langostinos son mis preferidos. 

Cada vez que ese vino toca mis labios y entra en mi boca, un frenesí delicioso me envuelve. Mis fantasías más reprimidas se liberan. Al caer la noche, mi llama más ardiente se enciende al sentir el fuego de la fogata. Las manos del hombre que me acompaña son mi mayor inspiración. Sus caricias logran erizar cada poro de mi piel, mientras el viento y el olor del mar comienzan a preparar mi cuerpo para el gran milagro que está a punto de suceder. Me acarician delineando la curva de mi cintura, metiéndose entre mis piernas suavemente, alborotando toda la pasión que existe dentro de mí. El cielo en mi noche perfecta es estrellado. Siempre tengo conmigo mi telescopio, para poder observar las estrellas mientras sus caricias, mi vino preferido, las frutas exóticas y los afrodisíacos, logran que mi sensualidad lo envuelva, haciendo que sus ganas de poseerme sean cada vez más incontrolables.

Mi cita perfecta termina con el acto del amor, me entrego en cuerpo y alma, una explosión de amor me provoca un orgasmo intenso, delicioso, adictivo, de esos que, al terminarse, quieres volver a sentir. Duermo entre sus brazos como si estuviera durmiendo en el paraíso.  Pero nada dura para siempre. Me despierto y vuelvo a mi realidad.

Me llamo Isabella y solo mis sueños son apasionados. En la vida real soy una aburrida inmigrante venezolana, vendedora de seguros, viviendo en los Estados Unidos de América, y para colmo, vivo arrimada en casa de mi hermano Enrique.  Odio, odio, odio mi trabajo y ya casi se me olvida lo que se siente tener el cuerpo desnudo de un hombre rozando mi piel. Mi vida es gris, deprimente, completamente opuesta a la cuidad donde vivo. Miami es aventurera, apasionada, sexy, sensual, nocturna, eufórica, atrevida, incansable, excitante, ardiente y no conoce el miedo.  Este último adjetivo es mi mejor amigo. Es el responsable de que mi vida siga siendo la misma.

Quisiera tener el valor de dejarlo todo, cambiar de trabajo, perseguir mi sueño, dedicarme a lo que realmente me apasiona. Me encanta cocinar.  La cocina es mi lugar preferido, mi refugio, donde me siento feliz, donde me siento yo misma, donde mi corazón quiere estar.  Pero mi mente siempre busca las mismas excusas, y ellas asesinan mis ilusiones.

Quisiera tener la valentía para conquistar al hombre de mi sueño. Él ni siquiera sabe mi nombre. Felipe es español, hermoso, fuerte, alto, tiene ojos azules hechiceros y es amigo de mi hermano con el que vivo.
 ¡¡¡Lo amo!!! Con el alma, con el corazón, con las venas, con la sangre, con cada milímetro de mi piel. Cada vez que escucho su voz mi corazón queda palpitando por horas. Lo único que puede consolarme es mi vino preferido. “A ti también te amo mi Pinot Grigio”. Él es el único que me consuela cuando me siento sexy, mi compañero en mis noches de soledad, en mis días negros y en mis sueños. “Eres tan especial, tan sensual, solo tú me haces sentir mujer. No podría vivir sin ti”.

Desde que me mudé a los Estados Unidos con mi hermano hace tres años comencé a amar el vino, probé muchos y un día que nunca olvidaré conseguí el perfecto, el que me complementa, el que me conoce a la perfección y sabe lo que me gusta, el que me hace fantasear, sentir cosas maravillosas. Es mi confidente, mi mejor amigo, y mi amante cuando necesito sentirme amada.

Ese fin de semana vendría Felipe a casa de mi hermano. Era su cumpleaños y lo celebraría con una reunión entre íntimos amigos. Yo era la encargada de hacer las compras para la gran cena que prepararía su amigo; el reconocido Chef Ricardo Moreno; famoso por su incomparable receta de arroz a la marinera.

 Cuando por fin llegó el gran día, no podía controlar los nervios, mi corazón latía emocionado de pura felicidad. Mis ojos brillaban como dos estrellas en la oscuridad. Salí muy temprano a recoger, en una pescadería de Miami Beach, los mariscos y moluscos frescos del día para el especial arroz a la marinera, y por supuesto a comprar mi vino preferido. Mi Pinot Grigio no podía faltar para mi plan de la noche.

Me moría por verlo. Me hacía falta el sonido de su voz, su fresco olor a menta y limón. Esa noche estaba decidida, con la ayuda de mi vino amado, a confesarle mi amor. “Llegó la hora, Isabella”. No había vuelta atrás. Cualquier cosa era mejor que la agonía que estaba viviendo.  Aunque debía confesar que muchas otras noches había dicho lo mismo y el miedo a ser rechazada siempre vencía.  Pero esa noche sería diferente, tendría conmigo algo que me daría el valor de hacerlo de una vez por todas. “Bueno Pinot Grigio. Aquí vamos. No me falles”. Abrí la botella con pasión, busqué mi copa de corazones y brindé, conmigo misma por una noche perfecta.

Los minutos pasaban y nada que llegaba. Mi vino y yo estábamos impacientes. Él por realizar su misión de unirnos, y yo, por escuchar su apasionada voz.

 Por primera vez me había atrevido a pintar mis labios de color rojo pasión, el mismo rojo del vestido que llevaba puesto. Mi atuendo expresaba el deseo que sentía por dentro, las ganas locas de que me tocara y me hiciera el amor como ningún hombre lo había hecho antes.

Estaba en el baño retocando mis labios cuando escuché su voz. Una ráfaga de fuego se metió entre mis piernas y golpeó mi sexo. Entró dentro de mí sin piedad alguna, quemando mi piel. Un fuego que él, y solo él, podía apagar. Respiré profundo varias veces hasta que por fin logré salir. Empecé a caminar hacia él. Quería presentarme; mi hermano celoso nunca lo había hecho.

De pronto alguien tocó la puerta. Era una mujer espectacularmente hermosa. Su silueta era soñada. Su cabello brillante como el sol. Felipe sonrió, la tomó de la mano y abrazó su cintura de modelo escultural. Obvio que era su pareja. Tuve que hacer milagros para no desmayarme. Mis piernas débiles parecían dos espaguetis blandos. Mi corazón lloraba de tristeza; estaba decepcionado, le costaba continuar latiendo. Me fui a mi cuarto corriendo con mi botella de vino, que para ese momento ya estaba por la mitad. Me eché sobre la cama a llorar desconsoladamente como una niña. El vino y la música eran mi consuelo. Mis lágrimas caían con fuerza mientras escuchaba mi canción favorita: “Need You Now”, del grupo “Lady Antebellum”. Cada vez que cantaban la parte “I´m a little drunk and I need you now”, mi llanto aumentaba. Para ese momento “I was a little drunk”.

Al rato, mi hermano abrió la puerta del cuarto con apuro, en medio de mi depresión se me había olvidado pasarle el seguro. Su amigo, el chef, el que iba a preparar el tan esperado, famoso, e incomparable arroz a la marinera, estaba indispuesto por una intoxicación estomacal. “¿Crees qué lo puedas hacer tú? Por favor hermana”, me preguntó. “Claro hermano. Lo haré con el mayor placer”. Le respondí tratando de ocultar mi infelicidad.

Comencé a preparar mi incomparable, inigualable, inmejorable, insuperable, arroz a la marinera. Esa vez usé algunos ingredientes que no había usado antes. Le puse mucha pasión, un toque de picardía, una tasa de sensualidad, todo el amor y todo el fuego que había dentro de mí. Faltaba solo un ingrediente; vino blanco para cocinar, pero no lo encontraba. “Y ahora. ¿Qué rayos voy a hacer?”, me pregunté decepcionada, y cómo no iba a estarlo. Mi arroz a la marinera sin vino era inconcebible. Para impresionar a Felipe, un español que seguro había probado los mejores del mundo; debía ser mi mejor arroz a la marinera. Entonces se me ocurrió una idea. Esa noche usaría mi vino preferido. Le agregué a mi arroz a la marinera lo que quedaba de él. “Mi Pinot Grigio nunca me haría quedar mal”. 

Cuando Felipe estaba a punto de degustar el primer bocado, mis ojos se concentraron en su irresistible boca. Respiró profundamente. Estaba sorprendido. Nunca olvidaré su expresión, al igual que la de todos los demás, pues era como si no pudieran creen el sabor que había en sus bocas. Subió la mirada y sus ojos miraron los míos por primera vez. Mi corazón nunca latió tan rápido. Mi cuerpo se estremeció por completo y un calor súbito mojó mi sexo sin poder evitarlo. “Wow!!! Isabella! Este sabor es increíble. Un verdadero manjar. ¿Cuál es tu secreto?”. “Dios mío, sabe mi nombre”, pensé con el corazón a punto de estallar de felicidad. Por primera vez me habló, por primera vez dijo mi nombre y por primera vez me miró a los ojos. Me miró como un hombre mira a una mujer que le gusta. Quería que me tomara entre sus brazos, me llevara lejos y me hiciera el amor tantas veces como fuera necesario, para apagar las llamas ardientes que habían dentro de mi cuerpo. “Mi secreto son tres ingredientes especiales; pasión, amor, y mi ingrediente mágico, mi vino preferido, mi Pinot Grigio”.

Esa noche mi arroz a la marinera fue una transmisión de sentimientos. Le transmití al hombre de mi sueño todo el amor y la pasión que sentía por él. Combiné esos dos poderosos sentimientos con valentía y mi ingrediente mágico.

Esa misma noche redacté mi carta de renuncia y la envié por correo electrónico. Desde entonces creo en la magia; la magia del amor.

Poco tiempo después, mi sueño de mi cita perfecta con Felipe se hizo realidad. Fue perfecta, exactamente como la había soñado. 

Gracias amado vino Pinot Grigio, por ayudarme a luchar por mis sueños. Ahora el hombre de mi vida me ama y muy pronto abriré mi propio restaurante. Se llamará: “MI INGREDIENTE MÁGICO”.


CON PASIÓN Y SIN MIEDO: El amor es el fundamento de cualquier sueño; es el combustible que nos da la fuerza para perseguirlo, para empezar y continuar en el camino a él por más duro y difícil que esta sea. El amor es la herramienta más efectiva, es el sentimiento más poderoso que existe, y si lo combinas con pasión (el segundo sentimiento más poderoso) y tu ingrediente favorito, no hay nada que no puedas lograr. El resultado siempre será…bueno…simplemente mágico. El secreto para tener poderes mágicos es muy sencillo, solo necesitas AMOR. Si lo sientes, puedes hacer lo imposible posible. Mi ingrediente mágico es mágico porque lo combiné con amor. El amor es la verdadera magia. Recuerda siempre que los sentimientos no solo se expresan con palabras, y si algún día se te olvida, aquí estará “Mi ingrediente mágico” para recordártelo, usa tu propio ingrediente mágico, todos tenemos uno. ¡Ah! Y no olvides que, si empiezas el camino a un sueño con amor y pasión, y elevas todo a la enésima potencia, el resultado siempre será tu sueño hecho realidad. Los dejo con mi fórmula mágica que creé para lograr un sueño.

(Pasión+ Amor+ Un sueño) ⁿ = Un sueño hecho realidad

Con amor desde Charlotte,
Eliana Habalian 

 


miércoles, 4 de abril de 2018

MY RED ROSE (English Version)




The first time I met my red rose, I was eleven years old. I remember that day perfectly. She came to visit me for the first time on a cold and cloudy morning. “You had to come today of all days,” I thought as my heart was about to explode. I was transitioning from girl to woman. It was an unforgettable day—uncomfortable, painful, strange, red, bloody, intense, and full of emotions. That day, my fertile life began. I had known that I would soon know her. In fact, I was expecting that first visit with many anxieties and a little fear because my friends who had already met her did not stop talking about her. “It is awful. You feel a very strong pain.” Every time I heard those words, I thought about the moment that it would be my turn to welcome her.

That day I cried, cried, and cried and I did not understand why. My teachers at school took it upon themselves to explain it to me very well, saying “it's the hormonal changes.” For me, that was by far the worst part. In one moment I was happy, and suddenly everything turned gray. I felt sad, fat, ugly, unbearable, bitter, sick, weak, etc. That first time she stayed with me for a week; a long, painful and red week.

From that moment on, my red rose visited me for 23 years. Every 28 days, three-hundred times in total. Sometimes for more than a week. I was never unprepared, as the headache warned me. She was always accompanied by her implacable, rabid, intolerant thorns, unleashing all her fury on my belly for not having achieved what she was looking for—the miracle of life. They tore at me making me feel an endless number of strange and painful sensations at the same time. I tried to explain that I was not ready, that it was not the time, but it didn’t seem to matter. She and her thorns kept getting stronger and stronger.

With time and maturity, I learned to love and understand her. She made me proud to be a woman. In a living moment, we united, her pain was my pain. We both wanted to achieve the miracle. Time passed and passed, but there was my rose, redder than ever. “Please, do not visit me this month. I'm ready.” She kept coming, using her thorns to tear apart not only my belly, but also my heart. My heart felt as if thousands of knives had stabbed him. Neither of them was willing to give up. I fought, I fought, and I fought. I fought very difficult battles to win. And in the end, I succeeded.

In May of 2016, a miraculous light of life entered me, illuminating my rose and her depths, engendering itself in my belly. I was waiting for my red rose two weeks later, but she was absent for the first time. For several magical, incredible months, I had three hearts beating inside my body. A month earlier than expected, I saw those little eyes full of pure and true love and I knew I had found the treasure I always looked for. Since that day, I know how it feels to cry of happiness.

 After a short while, she returned to visit me. One day leaving my house, I found a beautiful red rose on the ground. I took care of her and gave her all my love. 

 Thank you, thank you, thank you to all those who helped me fulfill my dream of being a mother, especially to doctors Carolina Sueldo, Ranjith Ramasamy, Alfredo Rodriguez, Victoria García and the sweetest ARNP in the world—Beatrice Guerrier-Pilarte. I will carry them in my heart forever. Thank God for sending me my twins, my treasures…it was time.

 WITH PASSION AND WITHOUT FEAR: Never stop fighting for what you want. Do not give up. Fight, fight, fight for your dreams. In the end, though maybe not in the way you would have wanted or in the way you thought, you will find your treasure. You will feel that everything you went through made sense and that hindsight will make you cry with happiness. It is normal to feel fear—you feel it because you are alive—but that fear will become force during the battle and if at any moment you do not know which decision to make, remember that a decision made with love will always be the best. All of us et have the great miracle of life, and as long as we have it, everything is possible. 

 With love from Charlotte,
Eliana Habalian

MI ROSA ROJA






La primera vez que conocí a mi rosa roja, tenía 11 años. Recuerdo perfectamente ese día. Vino a visitarme por primera vez una mañana fría y nublada. “Tenías que venir justo hoy”, pensé con mi corazón a punto de estallar. Me encontraba en plena transición de niña a mujer. Fue un día inolvidable, incómodo, doloroso, extraño, rojo, sangriento, intenso y lleno de emociones. Aquel día comenzó mi vida fértil. Sabía que no tardaría en conocerla, esperaba esa primera visita con muchas ansias y un poco de miedo, pues mis amigas, que ya la habían conocido, no dejaban de hablar sobre ella. “Es horrible. Sientes un dolor muy fuerte”.  Cada vez que escuchaba esas palabras pensaba en el momento que me tocara a mí recibirla.

Ese día lloré, lloré y lloré y no entendía por qué. Mis profesoras del colegio se encargaron de explicármelo muy bien, “son los cambios hormonales”. Para mí, esa era, sin duda alguna, la peor parte. En un momento era feliz, y de pronto todo se volvía gris. Me sentía triste, gorda, fea, insoportable, amargada, enferma, sin fuerzas, etc. Esa primera vez se quedó conmigo una semana; una larga, dolorosa y roja semana.

A partir de ese momento, mi rosa roja me visitó, durante 23 años. Cada 28 días, trescientas veces en total. A veces por más de una semana, nunca desprevenida, pues el dolor de cabeza me avisaba. Siempre venía acompañada de sus implacables, rabiosas e intolerantes espinas, desatando toda su furia sobre mi vientre, por no haber logrado lo que tanto estaba buscando; el milagro de la vida. Me desgarraban haciéndome sentir un sinfín de extrañas y dolorosas sensaciones al mismo tiempo. Yo trataba de explicarle que no estaba lista, que no era el momento, pero poco parecía importarle. Venía cada vez más fuerte.

Con el tiempo y la madurez aprendí a quererla y entenderla.  Ella me hacía sentir orgullosa de ser mujer. En un momento de la vida, nos unimos, su dolor era mi dolor. Las dos deseábamos lograr el milagro. El tiempo pasaba y pasaba, pero allí estaba mi rosa, más roja que nunca.  “Por favor, no me visites este mes. Estoy lista”. Seguía viniendo desgarrando con sus rabiosas espinas además de mi vientre; mi corazón. Se sentía como si miles de cuchillos lo hubieran apuñalado. Ninguna estaba dispuesta a rendirse. Luché, luché y luché. Peleé batallas muy difíciles de ganar. Y al final triunfé. 

En mayo de 2016, una luz de vida milagrosa entró dentro de mí, iluminando mi rosa y sus profundidades, engendrándose en mi vientre. Esperaba mi rosa roja dos semanas después, pero se ausentó, por primera vez. Tuve tres corazones latiendo dentro de mi cuerpo durante varios mágicos e increíbles meses. Un mes antes de lo previsto, al ver aquellos ojitos llenos de amor puro y verdadero, supe que había encontrado el tesoro que siempre busqué.  Desde ese día sé lo que es llorar de felicidad.

Poco tiempo después, volvió a visitarme, saliendo de mi casa, me encontré en el piso una hermosa rosa roja. La cuidé y le di todo mi amor.

Gracias, gracias, gracias a todos los que me ayudaron a cumplir mi sueño de ser madre, en especial a los doctores Carolina Sueldo, Ranjith Ramasamy, Alfredo Rodriguez, Victoria García y Beatrice Guerrier-Pilarte; la ARNP más dulce del mundo. Los llevaré en mi corazón por siempre. Gracias Dios por mandarme mis twins, mis tesoros, ya era hora.

Con pasión y sin miedo:  Nunca dejes de luchar por lo que quieres. No te rindas. Lucha, lucha, lucha por tus sueños, al final, tal vez no de la manera que hubieras querido, tal vez de la manera que nunca pensaste, encontrarás tu tesoro. Sentirás que todo lo que pasaste tenía sentido, un sentido que te hará llorar de felicidad. Es normal sentir miedo, lo sientes porque estás vivo, pero ese miedo se convertirá en fuerza durante la batalla, y si en algún momento no sabes cuál decisión tomar, recuerda que una decisión tomada con amor será siempre la mejor.  Todos los que vivimos en este planeta poseemos el gran milagro de la vida, y mientras lo tengamos, todo es posible.

Con amor desde Charlotte,
Eliana Habalian