Recuerdo con mucho amor aquella
navidad. Era una niña. Todavía creía en Santa. Cursaba segundo grado de
primaria en el colegio Virgen del Carmen, en Caracas, Venezuela, mi amado país.
Era el último día de clases; el día más esperado de cualquier niño. Las vacaciones navideñas estaban a pocas horas
de comenzar, y con ellas los planes familiares, las fiestas, las gaitas, las
decoraciones, quedarse hasta la madrugada ayudando a mamá con el arbolito, hacer
las hallacas, comprar los regalos. Todo el mundo feliz, todo brillando,
sintiendo una energía mágica en el aire que se percibía con tan solo respirar.
Diciembre es el mes preferido
de casi todos los que habitamos en el planeta tierra, y también el más
nostálgico. Por fin voy a contar que pasó aquella navidad. El último día de
clases, vendría Santa, en carne y hueso, en helicóptero, a nuestro colegio. Nos
entregaría personalmente un regalo de adelanto por nuestro buen comportamiento
durante el año escolar. Las maestras, en secreto, planificaron todo con la
ayuda de nuestros padres. Ellos debían comprar un regalo para sus hijos. Algo
sencillo, no muy costoso, era la instrucción. La directiva del colegio no quería
que los niños se sintieran menos especiales. Por supuesto, solo pocos padres siguieron
la indicación, los míos entre ellos. Sabía que Santa estaba orgulloso de mí;
había sido buena niña, en el colegio y en mi casa. Siempre lavaba mi plato después de comer y
tendía mi cama todas las mañanas.
Aquel día, sin saberlo, aprendería
una de las lecciones más grandes que un ser humano puede aprender. Todos esperábamos
ansiosos, eufóricos, con el corazón a punto de estallar. Era el sueño de cualquier niño, y nosotros
estábamos a punto de hacerlo realidad. Estábamos a punto de recibir de las manos
de Santa, un regalo; el regalo más especial de nuestras vidas. Cuando
escuchamos el helicóptero todos gritamos al mismo tiempo. Nunca olvidaré ese
sonido, pues era el sonido de la felicidad. Mis ojos lo vieron y mi cuerpo
comenzó a temblar de manera descontrolada.
Escuché el nombre del primer
niño de mi salón y abracé con fuerza a mi mejor amiga que estaba a mi lado. “Ya
nos va a tocar”, grité. No podía esperar más. Me había comido todas las uñas y
sonado los dedos mil veces. Llegó el turno
de mi mejor amiga (todavía lo sigue siendo).
“Por fin. Me toca a mí” me dijo tartamudeando “Sí. Apúrate. No se te
olvide abrazarlo”, le dije nerviosa. Su regalo era la muñeca de su sueño, la
muñeca de mi sueño, la que estaba de moda, la que todas las niñas querían, pero
pocos padres podían comprar porque era muy costosa. Santa le había regalado la
muñeca soñada y sabía que también me la regalaría mí. Me había portado mejor
que ella. A los pocos minutos escuché mi nombre, no podía moverme, estaba paralizada.
¿Qué le voy a decir a Santa?”.
Cuando vi mi regalo, me sorprendí.
“Pero...es muy pequeño para ser la muñeca de mi sueño”, pensé mientras caminaba
de vuelta a mi lugar.
Al ver lo que había dentro de
la bolsita, mi llanto se desató con más fuerza. Era una muñequita negra, de
madera. “No llores Eli. Yo te presto mi muñeca”, me dijo mi mejor amiga
tratando de consolarme, pero yo quería mi propia muñeca soñada. Las niñas
chismosas comenzaron a reírse de mí: “miren lo que le regaló Santa a Eliana;
una muñequita horrible, y para colmo, negra. Seguro la castigó porque se portó
mal”. “¡Claro que no!” grité con desesperación. No podía estar un minuto más
allí. Quería morirme. Estaba muy
confundida. No entendía por qué esas niñas se burlaban de mi muñeca por ser negra.
Ese momento fue mi primer contacto con el racismo. Mi decepción no era que la
muñeca fuese negra, sino que no era la muñeca de mi sueño. “Mami, Santa no me
quiere”, dije llorando apenas me subí al carro con la muñequita negra en mis
manos. Ella también quería morirse. Me abrazó y comenzó a llorar.
Al día siguiente, mi madre
salió muy temprano y regresó con la muñeca de mi sueño envuelta en un papel
rosado precioso, pero ya no era lo mismo. La detallé por unos minutos y la
guardé en el closet. Dormí abrazada con mi muñequita negra de madera. Desde esa
noche la amé con toda mi alma. Porque era especial, porque me la había regalado
Santa, porque era bella y porque la quería proteger. Para mí, mi muñequita
negra era la más hermosa y punto.
CON
PASIÓN Y SIN MIEDO:
Una parte de mi corazón sigue siendo una niña, que todavía cree en Santa, en
los cuentos de hadas, en la magia, en los tesoros escondidos y en las hadas
madrinas. Gracias, mami, por regalarme mi muñequita negra, porque ella me enseñó
una de las lecciones más importantes de mi vida. No me importa si eres negro, blanco,
rojo, amarillo, marrón, púrpura, etc. No me importa si eres pobre, rico, de
clase media, media alta, media baja, etc. No me importa si eres judío,
católico, hindú, budista, musulmán, cristiano, anglicano, etc. No me importa si
hablas árabe, inglés, armenio, chino, francés, holandés, japonés, español, etc.
No me importa si eres delgado, gordo, alto, enano, etc. No me importa si eres
de otro planeta. Que seas buena persona es lo único que me importa. Que tengas amor
dentro de ti es lo único que me importa. Siempre, siempre, siempre te abriré mi
corazón. Todos somos diferentes, pero estamos en este universo por una misma
razón; para amar, y eso es lo único que realmente importa.
Con amor desde Miami,
Eliana Habalian